La crátera de Vix, un suntuoso objeto de la élite celta
En el departamento francés Côte-d'Or, en la región de Borgoña, se encuentra el Mont Lassois, un promontorio cercano al pueblo de Vix conocido por sus hallazgos arqueológicos situados en los períodos célticos de Hallstatt y La Téne. En este promontorio se había descubierto un oppidum -un asentamiento fortificado- y, muy cerca de él, varios túmulos funerarios, pero no fue hasta enero de 1953 cuando un equipo de arqueólogos reemprendió las excavaciones y encontró, en uno de esos túmulos, la tumba de una princesa celta ricamente ornamentada que data de 500 a.C. Su cuerpo «se adornaba con preciosas joyas: una gargantilla de oro macizo; un collar con siete cuentas de ámbar y cuatro de piedras duras; ocho fíbulas de hierro y bronce con coral y ámbar; una gargantilla de bronce con el borde hueco; tres brazaletes de lignito en cada muñeca; otros dos de hilo de bronce con piezas de ámbar y, en cada tobillo, una pulsera de tubo hueco de bronce» [1]. La mujer, de unos 37 años de edad, estaba depositada sobre la caja de un carro desmontado, cuyas cuatro ruedas se encontraron apoyadas en la pared. Este tipo de inhumaciones hallstáticas dotadas de suntuosos ajuares funerarios -como aderezos de oro, vajillas de bronce, armas de hierro y un carro funerario de cuatro ruedas- proliferaron entre los siglos VII y V a.C. desde Austria hasta Borgoña, y evidencian la existencia de dinastías de príncipes. Estas élites privilegiadas, o aristocráticas, a las cuales pertenecía la mujer de la tumba de Vix, vivían en fortificaciones ubicadas en territorios altos conocidas con el nombre de Fürstensitze o residencias principescas y fueron el germen de los primeros núcleos de hábitat pertenecientes a la cultura de Hallstatt. Podríamos llamar proto-urbano a este asentamiento del Mont Lassois:
«El concepto asentamiento se basa en el principio de las residencias nobiliarias llamadas fürstensitze, definidas como asentamientos defendidos por muros con ocupación de tipo permanente y superficie comprendida entre 1 y 11 Ha, con residencia de una parte de la población fuera del núcleo principal, acceso a los productos mediterráneos e intercambio comercial basado en productos especializados de tipo industrial (bronce, cerámica) y agrario (excedente de cereal, vino)» [2].
La mujer encontrada en la tumba de Vix pertenecía, entonces, a la aristocracia que habitaba en la residencia principesca construida en el Mont Lassois. Desde allí, dominaba los campos circundantes y controlaba las rutas comerciales. Este promontorio era, precisamente, un lugar estratégico; se encontraba en una importante ruta comercial utilizada para transportar el estaño que provenía del canal de la Mancha y se llevaba hasta el Mediterráneo. La ruta seguía las vías fluviales del Sena, del Saona y del Ródano, y cruzaba los Alpes para llegar a Italia. Sí, existían relaciones comerciales entre las islas británicas y el mundo greco-itálico, y el asentamiento del Mont Lassois, desde su posición privilegiada en el noreste de Francia, se benefició de ellas. Las pruebas arqueológicas encontradas en las tumbas de túmulo principescas no admiten dudas al respecto: vajillas y utensilios con materiales o motivos de origen mediterráneo, como copas griegas de cerámica ática de figuras negras, vasos etruscos de bronce o ánforas masaliotas, constatan su influencia. La tumba de la princesa de Vix es un claro ejemplo de ello. No solo se encontró una inmensa crátera de bronce griega, como explicaré a continuación, sino que su ajuar funerario también constaba de otros recipientes de origen mediterráneo, fruto de estas relaciones comerciales: «un oinocoe o jarra etrusca de bronce de pico truncado, una copa umbilicada de plata y oro (phiale), y dos copas de cerámica (kylikes), una con figuras negras y otra de barniz negro, producidas en Atenas entre 530 y 510 a.C.» [3].
La tumba de la princesa de Vix se encontró al pie del Mont Lassois y consistía en una típica tumba de túmulo hallstattiana. El sepulcro de madera, hallado a 3 metros de profundidad, estaba cubierto por un túmulo de 40 metros de diámetro construido con piedras de gran tamaño. Llegados a este punto, es importante constatar que se trataba de una tumba femenina con un suntuoso ajuar funerario. ¿Poseían las mujeres celtas de las dinastías nobles los mismos privilegios que los hombres?
«Una investigación de L. Olivier ha demostrado que, en los siglos VIII y VII a. C., las tumbas femeninas con carros de cuatro ruedas eran excepcionales en los estratos sociales dominantes (2 de 82, es decir, el 2,5%). A lo largo del siglo VI a.C., con la difusión de las tumbas de carro, se alcanzó una proporción del 33% (40 tumbas de mujeres entre 120). Al final del siglo VI a.C., en algunas regiones del oeste del Rin (desde Suiza occidental al curso medio del Rin) las tumbas femeninas fastuosas llegan al 90% del total. Y eso demuestra que las damas del comienzo de la Edad del Hierro no eran mujeres del común, sino auténticas líderes que administraban el poder y lo transmitían del mismo modo que los hombres, de quienes hay pocas muestras entre los años finales del siglo VI y el comienzo del V a.C.» [4].
Es evidente que, dentro del sistema social celta, las mujeres tenían un papel predominante. Otra muestra más de ello es la sensacional crátera de bronce que se encontró junto a la dama de Vix, la más grande conocida hasta hoy y fabricada en la Magna Grecia a finales del siglo VI a.C. De 1,64 metros de altura y 200 kilos de peso, podía llegar a contener 1.100 litros de vino. Se cree que fue un obsequio diplomático para cerrar un acuerdo comercial o político y que su uso era meramente ornamental. La crátera -palabra que proviene del griego kρατήρ- era una vasija de cerámica de gran capacidad que contenía una mezcla de agua y vino. En la antigüedad, el vino no se solía tomar puro, sino que se mezclaba en un recipiente una parte de vino con dos partes de agua. Las cráteras se llevaban hasta el lugar de la comida y se depositaban en el suelo, donde un copero rellenaba las copas de los comensales. El copero era una figura destacada en el ámbito de las cortes reales y lo ostentaba una persona de confianza del rey. Que se encontrara esta crátera en la tumba de Vix evidencia una vez más que el Mont Lassois era un lugar de paso de una importante ruta comercial que, a parte de estaño y ámbar, transportaba también vino fuera del ámbito Mediterráneo. Sabemos que la viticultura en Grecia existía ya a finales del Neolítico y que su cultivo se generalizó durante la Edad del Bronce, cuando adquirió un carácter religioso y cultural, además de económico.
«El concepto asentamiento se basa en el principio de las residencias nobiliarias llamadas fürstensitze, definidas como asentamientos defendidos por muros con ocupación de tipo permanente y superficie comprendida entre 1 y 11 Ha, con residencia de una parte de la población fuera del núcleo principal, acceso a los productos mediterráneos e intercambio comercial basado en productos especializados de tipo industrial (bronce, cerámica) y agrario (excedente de cereal, vino)» [2].
La mujer encontrada en la tumba de Vix pertenecía, entonces, a la aristocracia que habitaba en la residencia principesca construida en el Mont Lassois. Desde allí, dominaba los campos circundantes y controlaba las rutas comerciales. Este promontorio era, precisamente, un lugar estratégico; se encontraba en una importante ruta comercial utilizada para transportar el estaño que provenía del canal de la Mancha y se llevaba hasta el Mediterráneo. La ruta seguía las vías fluviales del Sena, del Saona y del Ródano, y cruzaba los Alpes para llegar a Italia. Sí, existían relaciones comerciales entre las islas británicas y el mundo greco-itálico, y el asentamiento del Mont Lassois, desde su posición privilegiada en el noreste de Francia, se benefició de ellas. Las pruebas arqueológicas encontradas en las tumbas de túmulo principescas no admiten dudas al respecto: vajillas y utensilios con materiales o motivos de origen mediterráneo, como copas griegas de cerámica ática de figuras negras, vasos etruscos de bronce o ánforas masaliotas, constatan su influencia. La tumba de la princesa de Vix es un claro ejemplo de ello. No solo se encontró una inmensa crátera de bronce griega, como explicaré a continuación, sino que su ajuar funerario también constaba de otros recipientes de origen mediterráneo, fruto de estas relaciones comerciales: «un oinocoe o jarra etrusca de bronce de pico truncado, una copa umbilicada de plata y oro (phiale), y dos copas de cerámica (kylikes), una con figuras negras y otra de barniz negro, producidas en Atenas entre 530 y 510 a.C.» [3].
La tumba de la princesa de Vix se encontró al pie del Mont Lassois y consistía en una típica tumba de túmulo hallstattiana. El sepulcro de madera, hallado a 3 metros de profundidad, estaba cubierto por un túmulo de 40 metros de diámetro construido con piedras de gran tamaño. Llegados a este punto, es importante constatar que se trataba de una tumba femenina con un suntuoso ajuar funerario. ¿Poseían las mujeres celtas de las dinastías nobles los mismos privilegios que los hombres?
«Una investigación de L. Olivier ha demostrado que, en los siglos VIII y VII a. C., las tumbas femeninas con carros de cuatro ruedas eran excepcionales en los estratos sociales dominantes (2 de 82, es decir, el 2,5%). A lo largo del siglo VI a.C., con la difusión de las tumbas de carro, se alcanzó una proporción del 33% (40 tumbas de mujeres entre 120). Al final del siglo VI a.C., en algunas regiones del oeste del Rin (desde Suiza occidental al curso medio del Rin) las tumbas femeninas fastuosas llegan al 90% del total. Y eso demuestra que las damas del comienzo de la Edad del Hierro no eran mujeres del común, sino auténticas líderes que administraban el poder y lo transmitían del mismo modo que los hombres, de quienes hay pocas muestras entre los años finales del siglo VI y el comienzo del V a.C.» [4].
Es evidente que, dentro del sistema social celta, las mujeres tenían un papel predominante. Otra muestra más de ello es la sensacional crátera de bronce que se encontró junto a la dama de Vix, la más grande conocida hasta hoy y fabricada en la Magna Grecia a finales del siglo VI a.C. De 1,64 metros de altura y 200 kilos de peso, podía llegar a contener 1.100 litros de vino. Se cree que fue un obsequio diplomático para cerrar un acuerdo comercial o político y que su uso era meramente ornamental. La crátera -palabra que proviene del griego kρατήρ- era una vasija de cerámica de gran capacidad que contenía una mezcla de agua y vino. En la antigüedad, el vino no se solía tomar puro, sino que se mezclaba en un recipiente una parte de vino con dos partes de agua. Las cráteras se llevaban hasta el lugar de la comida y se depositaban en el suelo, donde un copero rellenaba las copas de los comensales. El copero era una figura destacada en el ámbito de las cortes reales y lo ostentaba una persona de confianza del rey. Que se encontrara esta crátera en la tumba de Vix evidencia una vez más que el Mont Lassois era un lugar de paso de una importante ruta comercial que, a parte de estaño y ámbar, transportaba también vino fuera del ámbito Mediterráneo. Sabemos que la viticultura en Grecia existía ya a finales del Neolítico y que su cultivo se generalizó durante la Edad del Bronce, cuando adquirió un carácter religioso y cultural, además de económico.
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| Crátera de Vix 510 a.C. Musée du Pays châtillonnais (Châtillon-sur-Seine) |
Las cráteras podían modelarse según varios tipos. Lo que sí compartían todas era su boca, muy ancha, para poder mezclar y servir con facilidad el vino. Existían las cráteras de columnas, de campana, de cáliz o de volutas, como la de Vix. Las cráteras de volutas tenían sus asas en forma de espiral sobresaliendo por encima de la boca y, en algunos casos, como el de Vix, terminaban con un magnífico rostro monstruoso. Los contactos con el mundo greco-itálico son evidentes en esta crátera: combina un repertorio geométrico de línea curva y sinuosa, a través de varias espirales unidas entre sí, con motivos figurativos propios de la sociedad y la mitología griega: adorna el cuello de la crátera un friso de 14 centímetros de altura con guerreros hoplitas y aurigas, y en las dos volutas aparece el rostro de la Gorgona, una figura mitológica monstruosa femenina. Según Pierre Grimal, había tres Gorgonas, dos inmortales y una mortal, la Medusa. Generalmente «se da el nombre de Gorgona a Medusa, considerada como la Gorgona por excelencia (...) Su cabeza estaba rodeada de serpientes, tenía grandes colmillos, semejantes a los del jabalí, manos de bronce y alas de oro que le permitían volar. Sus ojos echaban chispas, y su mirada era tan penetrante, que el que la sufría quedaba convertido en piedra. Constituía un objeto de horror y espanto no sólo para los mortales, sino también para los inmortales».
La Gorgona, a parte de un ser monstruoso, también era una divinidad protectora; por eso, su imagen se utilizaba para alejar al mal y se ubicaba en lugares con necesidad de protección, como en los templos o en los escudos y corazas de los guerreros. En algunas cráteras de vino, como en la de Vix, también encontramos su rostro como símbolo de protección.
Bibliografía
- Grimal, P., Diccionario de mitología, Barcelona, RBA, 2009.
- Vitali, D., Celtas, Barcelona, RBA, 2007.
[1] Vitali, D., Celtas, Barcelona, RBA, 2007, p. 45
[2] Gracia Alonso, F.; Munilla, G., Protohistoria. Pueblos y culturas en el Mediterráneo entre los siglos XIV y II a.C., Barcelona, Edicions de la Universitat de Barcelona, 2004, p. 390
[3] Vitali, D., Celtas, Barcelona, RBA, 2007, p. 45
[4] Vitali, D., Celtas, Barcelona, RBA, 2007, p. 46
Este artículo apareció primero en Las tres espirales en noviembre de 2019. Por favor, si quieres reproducirlo, cita su autoría y su procedencia. Ante cualquier duda, utiliza el formulario de contacto.






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