El carro solar de Trundholm
El 7 de septiembre de 1902 se produjo un magnífico hallazgo. Un campesino de la localidad de Trundholm, en Selandia, la isla más grande de Dinamarca, encontró en una turbera un objeto que identificó como un juguete antiguo. Estaba bastante dañado, pero lo llevó a casa para que su hijo jugara. No sabía que, en realidad, se trataba de una obra de arte excepcional, realizada aproximadamente en el año 1.300 a.C. Actualmente se la conoce como Solvognen -en danés- o carro solar de Trundholm, y se la sitúa en la Edad del Bronce Nórdica, un período de la historia de Escandinavia desarrollado entre el 1.800 a.C. y el 500 a.C.. Aparentemente, parece una simple figura de un caballo tirando de un carro que transporta un disco dorado, pero su significado es mucho más complejo. Se trata de un objeto ritual relacionado con el culto al Sol -muy venerado en la religión nórdica y céltica-; una de las pruebas arqueológicas más tempranas que certifica la existencia de un clero organizado dedicado a la adoración solar en el norte de Europa.
El carro solar de Trundholm está realizado en bronce en su práctica totalidad, a excepción de la fina lámina dorada aplicada solo en el lado derecho del círculo. El caballo se sostiene gracias a una barra de bronce unida a cuatro ruedas de cuatro radios cada una y se prolonga hasta el disco solar, formado por dos discos de bronce unidos entre sí y también apoyado en dos ruedas de cuatro radios cada una. La escultura mide en total 35 centímetros de altura por 54 centímetros de ancho, y el disco tiene un diámetro de 25 centímetros. La lámina realizada con pan de oro está decorada con exquisitos motivos circulares y espirales que, como veremos, esconden también su propia simbología.
Antes de analizar con más profundidad el significado de este objeto, tendríamos que preguntarnos el porqué de que se encontrara sumergido en una turbera. Los pueblos nórdicos de la Edad del Bronce, y más tarde los celtas de la Edad del Hierro, veneraban los poderes de la Naturaleza. Los celtas, por ejemplo, creían que las montañas, los ríos, los árboles, el cielo... estaban poseídos por espíritus divinos. Por eso, sus cultos se centraban en elementos del paisaje. A título individual, o privado, se ofrecía a los dioses comida, bebida o posesiones materiales, pero también se realizaban ofrendas y sacrificios rituales en nombre de la tribu por parte de druidas o sacerdotes. Como el agua era un elemento de veneración, en tanto que parte de la Naturaleza divinizada o poseída por un espíritu, recibía ofrendas de todo tipo: materiales, como joyas o monedas, animales e incluso seres humanos. La escultura del carro solar de Trundholm pertenecería a este tipo de ofrendas rituales a los dioses en el que, según Miranda J. Green, «deben de haber participado sacerdotes especializados». Podemos suponer, entonces, que su ofrenda al agua se realizó durante una ceremonia ritual de culto al Sol, tan popular durante la Edad del Bronce tardía. ¿Cómo celebraban este ritual? Se cree que empujaban el objeto «en procesiones ceremoniales para pedir al Sol que reapareciera tras el invierno, orientado hacia el sur -en dirección al cénit- durante el día, de modo que los celebrantes pudieran ver la dorada imagen solar desplazándose de este a oeste, y dando la vuelta al anochecer para que la superficie sin dorar del disco simbolizara el viaje nocturno del Sol desde el oeste». Claramente, nos está indicando una función sagrada para demostrar el movimiento del Sol y una simbología dual: la del día y la de la noche; o bien la de la mitad del año luminosa y la de la otra mitad del año oscura. Como se supone que los celtas dividían su calendario lunisolar en dos mitades, se ha llegado a interpretar que el carro solar de Trundholm pudo servir también de calendario. Lo estudió Klaus Randsborg, profesor de arqueología de la Universidad de Copenhagen. Concluyó que la parte dorada haría referencia a la mitad del año clara, la que para nosotros sería primavera y verano, y la parte sin dorar se vincularía a la mitad del año oscura o nocturna, otoño e invierno. Cómo este disco servía para interpretar el calendario es desconocido y, bajo mi punto de vista, más parece un símbolo que un objeto práctico.
Este culto al dios o a la diosa solar no es exclusivo de los pueblos de la Edad del Bronce. También los griegos, los egipcios o los persas, y muchos pueblos indoeuropeos, compartían la idea del Sol siendo transportado en un carro. Según Walter Burkert, Helio, que era la personificación del Sol en la mitología griega, era sin duda de origen indoeuropeo y se lo representaba conduciendo un carro por el cielo tirado por cuatro caballos. También nos comenta que en la isla de Rodas «tiene lugar un espectacular sacrificio a Helio en el que se arrojan al mar un tiro de cuatro caballos y un carro (...) La propia idea del carro del sol es tan indoeuropea como próximooriental». En oriente, los egipcios asociaban el ciclo diario del Sol con Ra, representándolo a bordo de una barca solar; y para los persas el dios del Sol era Mitra, que montaba un carro tirado por caballos blancos.
Del carro solar de Trundholm aún podemos extraerle dos nuevas cuestiones simbólicas: la de la rueda cósmica y la de las espirales. Suponemos -porque su datación está en entredicho- que es una muestra muy temprana de adoración al Sol durante la Edad del Bronce Nórdica. Si este fuera el caso, podríamos ver perfectamente su influencia entre los pueblos celtas de la Edad del Hierro, en aquellas sociedades tribales que compartieron una cultura material en torno a los Alpes, la Galia, el norte de Italia, Alemania, Gran Bretaña e Irlanda, Galicia e incluso Anatolia. El culto al Sol, las espirales, las ruedas... eran símbolos típicos de la religión celta que ya existían con anterioridad a su llegada al continente europeo. Un ejemplo lo encontramos en el dios pancéltico Taranis, el dios del cielo y del trueno, cuyo principal atributo es una rueda cósmica. Es el equivalente al Júpiter romano y se lo representa sosteniendo un rayo y una rueda; precisamente una rueda que simboliza el día y la noche, el infinito y la totalidad. Esa idea de infinito, de algo eterno y cíclico, se relaciona con la espiral porque posee un significado de evolución. Para los pueblos nórdicos y celtas, la muerte no era el fin de la vida, sino su continuación; empezaba la reencarnación, un nuevo ciclo, una nueva vida transformada. Por eso, las espirales se encontraban principalmente en monumentos funerarios, pero también en objetos relacionados con el culto al Sol, porque su ciclo era dinámico y armonioso. El viaje diario del Sol por los cielos, de este a oeste durante el día y de oeste a este durante la noche, siempre en movimiento.
Bibliografía:
Este artículo apareció primero en Las tres espirales en octubre de 2019. Por favor, si quieres reproducirlo, cita su autoría y su procedencia. Ante cualquier duda, utiliza el formulario de contacto.
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| Carro solar de Trundholm 1.300 a.C. aproximadamente Museo Nacional de Dinamarca (Copenhagen) |
El carro solar de Trundholm está realizado en bronce en su práctica totalidad, a excepción de la fina lámina dorada aplicada solo en el lado derecho del círculo. El caballo se sostiene gracias a una barra de bronce unida a cuatro ruedas de cuatro radios cada una y se prolonga hasta el disco solar, formado por dos discos de bronce unidos entre sí y también apoyado en dos ruedas de cuatro radios cada una. La escultura mide en total 35 centímetros de altura por 54 centímetros de ancho, y el disco tiene un diámetro de 25 centímetros. La lámina realizada con pan de oro está decorada con exquisitos motivos circulares y espirales que, como veremos, esconden también su propia simbología.
Antes de analizar con más profundidad el significado de este objeto, tendríamos que preguntarnos el porqué de que se encontrara sumergido en una turbera. Los pueblos nórdicos de la Edad del Bronce, y más tarde los celtas de la Edad del Hierro, veneraban los poderes de la Naturaleza. Los celtas, por ejemplo, creían que las montañas, los ríos, los árboles, el cielo... estaban poseídos por espíritus divinos. Por eso, sus cultos se centraban en elementos del paisaje. A título individual, o privado, se ofrecía a los dioses comida, bebida o posesiones materiales, pero también se realizaban ofrendas y sacrificios rituales en nombre de la tribu por parte de druidas o sacerdotes. Como el agua era un elemento de veneración, en tanto que parte de la Naturaleza divinizada o poseída por un espíritu, recibía ofrendas de todo tipo: materiales, como joyas o monedas, animales e incluso seres humanos. La escultura del carro solar de Trundholm pertenecería a este tipo de ofrendas rituales a los dioses en el que, según Miranda J. Green, «deben de haber participado sacerdotes especializados». Podemos suponer, entonces, que su ofrenda al agua se realizó durante una ceremonia ritual de culto al Sol, tan popular durante la Edad del Bronce tardía. ¿Cómo celebraban este ritual? Se cree que empujaban el objeto «en procesiones ceremoniales para pedir al Sol que reapareciera tras el invierno, orientado hacia el sur -en dirección al cénit- durante el día, de modo que los celebrantes pudieran ver la dorada imagen solar desplazándose de este a oeste, y dando la vuelta al anochecer para que la superficie sin dorar del disco simbolizara el viaje nocturno del Sol desde el oeste». Claramente, nos está indicando una función sagrada para demostrar el movimiento del Sol y una simbología dual: la del día y la de la noche; o bien la de la mitad del año luminosa y la de la otra mitad del año oscura. Como se supone que los celtas dividían su calendario lunisolar en dos mitades, se ha llegado a interpretar que el carro solar de Trundholm pudo servir también de calendario. Lo estudió Klaus Randsborg, profesor de arqueología de la Universidad de Copenhagen. Concluyó que la parte dorada haría referencia a la mitad del año clara, la que para nosotros sería primavera y verano, y la parte sin dorar se vincularía a la mitad del año oscura o nocturna, otoño e invierno. Cómo este disco servía para interpretar el calendario es desconocido y, bajo mi punto de vista, más parece un símbolo que un objeto práctico.
Este culto al dios o a la diosa solar no es exclusivo de los pueblos de la Edad del Bronce. También los griegos, los egipcios o los persas, y muchos pueblos indoeuropeos, compartían la idea del Sol siendo transportado en un carro. Según Walter Burkert, Helio, que era la personificación del Sol en la mitología griega, era sin duda de origen indoeuropeo y se lo representaba conduciendo un carro por el cielo tirado por cuatro caballos. También nos comenta que en la isla de Rodas «tiene lugar un espectacular sacrificio a Helio en el que se arrojan al mar un tiro de cuatro caballos y un carro (...) La propia idea del carro del sol es tan indoeuropea como próximooriental». En oriente, los egipcios asociaban el ciclo diario del Sol con Ra, representándolo a bordo de una barca solar; y para los persas el dios del Sol era Mitra, que montaba un carro tirado por caballos blancos.
Del carro solar de Trundholm aún podemos extraerle dos nuevas cuestiones simbólicas: la de la rueda cósmica y la de las espirales. Suponemos -porque su datación está en entredicho- que es una muestra muy temprana de adoración al Sol durante la Edad del Bronce Nórdica. Si este fuera el caso, podríamos ver perfectamente su influencia entre los pueblos celtas de la Edad del Hierro, en aquellas sociedades tribales que compartieron una cultura material en torno a los Alpes, la Galia, el norte de Italia, Alemania, Gran Bretaña e Irlanda, Galicia e incluso Anatolia. El culto al Sol, las espirales, las ruedas... eran símbolos típicos de la religión celta que ya existían con anterioridad a su llegada al continente europeo. Un ejemplo lo encontramos en el dios pancéltico Taranis, el dios del cielo y del trueno, cuyo principal atributo es una rueda cósmica. Es el equivalente al Júpiter romano y se lo representa sosteniendo un rayo y una rueda; precisamente una rueda que simboliza el día y la noche, el infinito y la totalidad. Esa idea de infinito, de algo eterno y cíclico, se relaciona con la espiral porque posee un significado de evolución. Para los pueblos nórdicos y celtas, la muerte no era el fin de la vida, sino su continuación; empezaba la reencarnación, un nuevo ciclo, una nueva vida transformada. Por eso, las espirales se encontraban principalmente en monumentos funerarios, pero también en objetos relacionados con el culto al Sol, porque su ciclo era dinámico y armonioso. El viaje diario del Sol por los cielos, de este a oeste durante el día y de oeste a este durante la noche, siempre en movimiento.
Bibliografía:
- Green, M. J., El mundo de los druidas, Madrid, Akal, 2010.
- Guyonvar'h, C.; Le Roux, F., Los druidas, Madrid, Abada, 2009.
- Burkert, W., Religión griega, arcaica y clásica, Abada, 2007.
Este artículo apareció primero en Las tres espirales en octubre de 2019. Por favor, si quieres reproducirlo, cita su autoría y su procedencia. Ante cualquier duda, utiliza el formulario de contacto.



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