Las tres espirales

¿Por qué «Las tres espirales»? Se me ocurrió poner este nombre a raíz de la lectura de un pequeño libro de Jean Markale, historiador especialista en el mundo celta, titulado precisamente «Las tres espirales. Meditación sobre la espiritualidad céltica», publicado en 1997 por la editorial José J. de Olañeta. Como mi intención aquí es acercar de forma amena la historia antigua y medieval, centrándome principalmente en los pueblos celtas y en la llegada del cristianismo, pensé que era un título con mucho significado y un nexo de unión espiritual entre estos dos períodos de la historia.

John Duncan
The Riders of the Sidhe (1911)
(Dundee Art Galleries and Museums Collection)
El fragmento de esta pintura en el que se representa una triple espiral en un escudo es el escogido para ilustrar la portada del libro de Jean Markale. El escocés John Duncan (1866-1945) representó a través del simbolismo el imaginario celta que resurgió en el siglo XIX. Inspirado en los mitos y las leyendas irlandesas, concibió un cuadro bellísimo sobre los Sidhe, las hadas celtas descendientes de los Tuatha Dé Danann que ahora viven en el Otro Mundo, en las llamadas arboledas sagradas o colinas de hadas. 

La forma espiral fue un símbolo religioso muy utilizado entre los pueblos de la Europa de la Edad del Hierro, aunque su origen es mucho más antiguo: encontramos ejemplos de espirales en tumbas de corredor, como en la de Newgrange, en Irlanda, o en objetos rituales como el carro solar de Trundholm, hallado en Dinamarca. Los antiguos pueblos indoeuropeos creían en la vida más allá de la muerte, en la reencarnación; por eso, inscribir una espiral en un monumento funerario simbolizaba el ciclo de la vida. No el fin de la vida, sino su continuación hasta el infinito. Una espiral era progreso, evolución, dinamismo y transformación. ¿Y si se unían tres espirales? Entonces le añadíamos un nuevo concepto: el del triplismo, básico para entender el pensamiento anterior a la llegada del cristianismo. Hoy en día, a este símbolo de tres espirales se le llama trísquel, y es utilizado por el paganismo actual como representación de la perfección del ser humano, en tanto que cuerpo, mente y espíritu. Para la cultura céltica, el número tres era considerado el número ideal. Tres eran el principio, el centro y el final; tres eran el pasado, el presente y el futuro; tres eran el nacimiento, la muerte y la resurrección; tres eran las triples figuras de diosas, como las Morrígna (Badb, Macha y Morrígan); tres eran las representaciones de las diosas-madres; tres eran las personificaciones de Irlanda (Ériu, Banba y Fódla). El tres era un número sagrado.

Cuando el cristianismo empezó a introducirse entre los pueblos de creencia pagana, se produjo una situación de sincretismo, es decir, se asimiló una cultura con unas costumbres y unas tradiciones distintas. El cristianismo adoptó parte del pensamiento celta, sus fiestas e incluso alguna de sus diosas, y las acomodó a su propia religión. Este sincretismo religioso fusionó dos culturas, no sin conflictos previos, formando así la tradición cultural occidental que ha llegado hasta nuestros días. La diosa Brigit se cristianizó en Santa Brígida, la celebración del solsticio de invierno se convirtió en la Navidad, y el concepto de triplismo se transformó en la Trinidad, el dogma central del cristianismo que afirma que Dios está formado por tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres en una Unidad. Una y Tres a la vez.

Este es mi porqué de las tres espirales.


«En algún lugar del bosque de Brocéliande, en un claro donde mana una fuente junto a una roca a los pies de un roble, la sombra de Merlín merodea sin cesar y, al anochecer, cuando los pájaros enmudecen, en el cielo que se torna rojo entre las ramas, no es raro ver al Sol estallar en tres espirales de fuego sobre un mundo dispuesto a zozobrar al otro lado del horizonte».